Archivo de la categoría: 0.5. PLATERÍA DEL PRIMER BARROCO (siglo XVII)

0.5. PLATERÍA DEL PRIMER BARROCO (siglo XVII)

0.5. PLATERÍA DEL PRIMER BARROCO (siglo XVII)

♦ ♦ ♦ El siglo XVII es el siglo del Barroco, que se extiende en líneas generales hasta la mitad del siglo siguiente. Distintas circunstancias condujeron a una depresión económica que alcanzó a todos los estamentos de la sociedad y se hizo más acusada en las décadas centrales del siglo (la afluencia de plata desciende a partir de 1630), para iniciar una tendencia a la recuperación a partir de los años ochenta. Esta precaria situación económica afectó de un modo especialmente importante a la arquitectura, la más necesitada de los recursos monetarios. También la platería se resintió negativamente del empobrecimiento de la nación. Las frecuentes oscilaciones al alza del valor del material durante la segunda mitad del siglo y el encarecimiento de la mano de obra condujeron a un descenso notable de los encargos, especialmente de las piezas de iglesia y entre ellas, lógicamente, de las de mayor envergadura y coste, caso de las grandes custodias de asiento. Ello explica igualmente la utilización frecuente del bronce dorado, más barato que la plata, y la ausencia casi general de marcas debido quizá a la permisividad en el empleo de metales de baja ley y a la subida del precio de la prueba de contrastía por parte de los marcadores.

CONSTANTES ARTÍSTICAS

En el aspecto artístico, la platería del XVII acusa un proceso de centralismo debido a la generalización por todo el país del estilo formado en Madrid-Corte a lo largo de las primeras décadas del siglo. Básicamente se trata de una platería más seriada y sobria, menos especulativa, lo que unifica la producción a nivel nacional frente a las variantes regionales y provinciales que habían predominado en el siglo XVI. El nuevo estilo, difundido desde Madrid al resto de las platerías a partir aproximadamente de la década de los años veinte, recibe el nombre de Primer Barroco y deriva del sobrio clasicismo desarrollado durante el reinado de Felipe II por arquitectos como Juan de Herrera y por plateros como Arfe y Merino (cruz de la Catedral de Sevilla). El nuevo estilo se caracteriza por la misma severidad de líneas, sentido geométrico y sobriedad ornamental presentes en la arquitectura madrileña del momento (Francisco de Mora y su sobrino Juan Gómez de Mora).

DECORACIÓN

Se produce una drástica reducción de los motivos ornamentales.

  • Desaparece casi por completo de las piezas la figuración (los relieves y figurillas con escenas), predominando en su lugar las superficies lisas sin decorar u ornamentadas sólo con adornos grabados o punteados a buril, técnica muy característica del período y denominada picado de lustre.
  • También son frecuentes los óvalos o botones, y los recuadros y rombos en resalte que, en piezas ricas, se rellenan de esmalte (tipo tabicado con labor geométrica y vegetalizada en su interior) de variados colores (negro, blanco, azul, verde, rojo…) que le prestan a las piezas un marcado sentido cromático; a fines del siglo aparecen los esmaltes pintados.
  • También se usarán piedras de colores vivos, naturales y más a menudo de imitación (simples vidrios tintados).
  • Abundan así mismo mismo los motivos fundidos y sobrepuestos, como las costillas, gallones, asillas, contrafuertes en ce y ese, remates de pirámide-bola, anillos perlados o contarios, que se usan sobre todo para marcar el paso de una pieza a otra, etc.
  • Mezclados con estos motivos aparecen, incisos, los de tradición manierista y muy especialmente los temas de ces y eses vegetalizadas y la cartela

 

1. PLATERÍA RELIGIOSA

1.1. Estructura del cáliz y de otras piezas de astil

 Las piezas se articulan mediante la sucesión de cuerpos netamente diferenciados por medio de molduras o anillos perlados, pero unificados en una ordenación proporcionada. “El resultado es un refinado juego de alternancias curva/recta, vertical/horizontal que define la línea de estructura, seguido puntualmente por la ornamentación hasta el punto de crear casi la sugerencia de un ritmo musical” (M. Pérez Grande). Así y pese a la variedad de tipos, existe una estructura más o menos común para las piezas de astil (cálices, copones, custodias, etc.), cuyos elementos principales son los siguientes [imagen 1]: pieza troncocónica al inicio del astil [1] a la que siguen un nudo de jarrón con grueso toro encima (moldura a modo de un disco sobresaliente) [2], y un gollete cilíndrico [3], para terminar en un pie de planta circular articulado en tres niveles escalonados [4]; en algunas custodias portátiles de tipo procesional el pie circular suele inscribirse en una peana cuadrangular con un orificio en cada una de sus caras con el objeto de atornillar la custodia a unas andas (custodias andaluzas, sobre todo). Pero la pieza de iglesia más original del período es la custodia de mano o de sol, cuyo origen se remonta a las últimas décadas del siglo anterior, si bien es ahora, durante el primer barroco, cuando adquiere su codificación definitiva. El carácter simbólico del sol se asocia a Cristo como Fuente de Vida y Luz del Mundo, a la vez que proclama, con su forma, el Triunfo de la Eucaristía.

1.2. La cruz procesional y los llamados “Crucificados de Miguel Ángel”

Las cruces procesionales, por su parte, constituyen la pieza de mayor interés de la platería religiosa del siglo XVII. El modelo más difundido es el que presenta brazos rectos con ensanches en los extremos de los mismos y que deriva de la cruz metropolitana creada por Francisco Merino para la Catedral de Sevilla. La decoración se reduce, siguiendo las directrices ornamentales del período, a los típicos botones y resaltes esmaltados, a los adornos picados de lustre y a los adornos fundidos (pirámides, contrafuertes, discos con garras junto al cuadrón, etc.). El nudo o manzana puede ser de tipo arquitectónico con columnitas y frontón en los frentes, o cilíndrico liso, y cubiertos uno y otro modelo con un casquete semiesférico.

Los plateros malagueños, por el contrario, siguen un modelo distinto, procedente quizá de la platería cordobesa, el cual se caracteriza por sustituir los ensanchamientos al final de los brazos por una pequeña prolongación recta que acentúa el carácter lineal y arquitectónico de la pieza.

Entre las imágenes del crucificado en plata o bronce existen algunas que repiten modelos o tipos de origen italiano. Un grupo lo forman los crucifijos denominados “Cristos de Miguel Ángel”. Cuenta Francisco Pacheco en su Tratado de la Pintura (Sevilla, 1649) que el platero italiano Juan Bautista Franconio trajo a Sevilla en 1597 un crucificado de cuatro clavos procedente de un pequeño vaciado en bronce de Miguel Ángel, “y después de aver enriquecido con él a todos los pintores y escultores, dio el original a Pablo de Céspedes, racionero de la Santa Iglesia de Córdova…”. Aunque el original que llegó de Italia –desnudo (si bien a la mayoría se le ha añadido posteriormente un exiguo sudario), con la cabeza inclinada hacia el frente y hundida sobre el pecho y cruzadas las piernas–, se considera en la actualidad obra de Jacopo del Duca, un discípulo de Miguel Ángel, por su parecido con el que se guarda de este escultor en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York [1], su repercusión directa en la platería española de fines del siglo XVI y primeras décadas del siguiente está confirmada por las copias catalogadas, que ascienden a 17. El modelo iconográfico descrito lo difundió por España el propio Pacheco y fue repetido tanto por pintores como escultores, algunos de la talla de Zurbarán o Montañés, siendo particularmente extraordinario el de éste último en su Cristo de la Clemencia.

2. PLATERÍA DOMÉSTICA

Entre las piezas más representativas de la platería profana o de uso doméstico destacan el jarro aguamanil, que presenta diferencias en relación con la tipología del siglo anterior, y el conjunto llamado taller, sin duda la pieza más importante del servicio de mesa.

El taller [2 a 4] estaba formado por una tabla o soporte a modo de bandeja con pie –la más común era cuadrada– con recipientes encima para sazonar la comida: azucarero y pimentero, aceitera y vinagrera, salero, dispuesto en el centro y rematado por la figurilla de un guerrero, y palillero; los más sofisticados incluían además otras piezas, como mostacero, hueveras y una o varias salseras, alcanzando algunos más completos hasta cuarenta y tres.  Lástima que tan solo se conozcan en la actualidad tres ejemplares (en colección particular), cuando era una pieza muy común entonces, incluidas casas de mediana importancia. El peso del juego completo oscilaba entre los 2’5 y los 10 kgs (era una de las piezas de mayor peso de la época), documentándose uno en Madrid que llegaba a los 24 kgs.

El jarro [6 a 10] característico del Primer Barroco, comparado con el de Valladolid –donde posiblemente tuviera su origen– de fines del siglo XVI no tiene ya forma estrictamente cilíndrica y base plana, sino que se curva de manera semiesférica, perdiendo la rigidez geométrica anterior; el asa tiene ahora forma de ce (con ramal central que le presta más propiamente un diseño en número tres), y el pico, que no lleva mascarón y apoya sobre una forma amensulada; abundan los ejemplares completamente lisos o adornados sólo con temas incisos y picados de lustre, aunque los más ricos pueden llevar botones de esmalte.  Se realizaron indistintamente en plata y plata dorada.

Las fuentes [11-12] con las que los jarros formaban pareja suelen ser redondas o ligeramente ovaladas y bien llevar adornos incisos de ces vegetalizadas y esmaltes, o bien sólo botones esmaltados.

Los saleros, azucareros y pimenteros se fabricaron también independientes del taller, e incluso unidos en una sola pieza; de este último tipo son los llamados “saleros de torrecilla[5], formados por dos o tres recipientes, cúbicos o cilíndricos, encajados en altura, los dos inferiores destinados a la sal, que se tomaba con una paletilla o la punta de cuchillo, y el superior (que hace de remate) para la pimienta, que se espolvoreaba a través del tamiz abierto (agujeros).

 En cuanto a los vasos para beber los más usuales eran los bernegales [13], recipientes semiesféricos provistos de pie y con el cuerpo gallonado (llamados por ello “de bocados”), y las tembladeras [14], algo más pequeñas y sin pie, utilizadas preferentemente para preparar y tomar chocolate.

En cuanto al servicio de iluminación [15], los candeleros –constan de un pie, que le sirve de asiento, y una columna con cañón de remate donde entra la vela para que esté derecha y firme– siguen siendo el objeto más utilizado. Se siguen utilizando también el velón, lámpara compuesta de un vaso con uno o varios picos o mecheros (entre cuatro y ocho), y de una columna lisa o salmónica terminada por abajo en un pie; para dar más luz cada mechero porta detrás una pantalla que la refleja e intensifica. Más raros son los candelabros o candeleros con brazos.