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Historia del jardín

La naturaleza al servicio del arte

Jardín cristiano medieval

Con la caída del Imperio Romano de Occidente desaparece en Europa el jardín como lujo y comodidad y con uso placentero. Esto no significa que el jardín desaparece completamente, ya que pervive el huerto, en el que se cultivan alimentos y plantas medicinales. Además hay que tener en cuenta que es necesario distinguir la situación existente en la Alta Edad Media, cuando puede hablarse efectivamente de crisis, y la Baja Edad Media, cuando el jardín se recupera, existiendo un verdadero auge, que prepara el surgimiento del Jardín Renacentista. Durante la Edad Media se tiende a la practicidad en el uso y en el cultivo de las plantas, que se desarrollan en los diferentes jardines construidos en el interior de los castillos y de los conventos. Asimismo se produce un fuerte intercambio entre Oriente y Occidente como consecuencia de los movimientos producidos por las cruzadas y las peregrinaciones a Jerusalén. Desde el punto de vista formal el jardín cristiano medieval se caracteriza por sus formas geométricas y cerradas, con estructuras cuadradas, rectangulares y poligonales, el uso de parterres delimitados por setos recortados de forma volumétrica, los cuadros geométricos en el interior, la existencia de grandes ejes, las praderas de césped, la plantación de árboles y el vallado con celosías de madera. Existe además una gran producción de textos, en los que el jardín y las plantas aparecen dotados de una profunda simbología religiosa, buscando su relación con los jardines descritos en la Biblia, especialmente con el Jardín del Edén, que es el modelo ideal por excelencia en esta época de profundo sentimiento religioso. En estos textos se puede ver la presencia de todo un catálogo de las plantas cultivadas en la Edad Media junto con otras irreales, inventadas o imaginadas. De toda esta literatura podemos señalar las siguientes obras: • El Jardín simbólico es una obra anónima, que puede ser fechada entre el siglo XI y el siglo XIII. La obra se inicia con una descripción del jardín, mencionando al jardinero, las plantas, el cercado, la puerta, la tierra, el sol, el agua, los vientos, las estaciones idóneas para plantar, los sonidos melodiosos de las plantas, que convierten al jardín en un paraíso, finalizando con textos tomados de los salmos de David. La parte más importante está dedicada a la descripción de doce plantas, cada una de las cuales aparece asociada con una virtud. El texto tiene una laguna correspondiente a la primera de las doce plantas, que muy bien pudo corresponder a la Rosa: (Rosa-Virginidad) Limonero-Pureza, Lirio-Pobreza, Higuera-Dulzura, Vid-Alegría Espiritual, Granado-Valentía, Persia-Moderación, Palmera-Justicia, Estoraque-Oración, Olivo-Misericordia, Zarzaparrilla-Ciencia, Espino-Sumisión. El autor describe de un modo imaginado las virtudes del alma cristiana. Estas virtudes, dice, son las plantas del jardín del espíritu. En pasearse por esta pradera ideal, en contemplar la flora de cada parterre, el discípulo encuentra a cada paso un motivo de edificación, y, mediante un perfeccionamiento progresivo de las facultades de su espíritu, es poco a poco conducido a disfrutar de la verdadera alegría del alma. • Mystere de Adam, poema francés, fechado a mediados del siglo XII, en el que hay una referencia al Jardín del Edén, descrito como un lugar ameno, dotado de plantas aromáticas y de árboles frutales. • El romance Erec et Enide, fechado también a mediados del siglo XII, describe un jardín cerrado. • El Roman de la rose escrito por Guillaume de Lorris en el primer tercio del siglo XIII, describe un jardín cerrado por murallas, planta cuadrada, una pradera de césped, caminos rodeados de árboles, pérgolas y paseos sombreados con trepadoras, flores, agua y animales sueltos. • A comienzos del siglo XIV se produce un cambio importante en estas descripciones, ya que empieza a aparecer el concepto de goce estético en la contemplación del jardín, lo que sin duda es un reflejo de la realidad existente en algunas regiones del centro y norte de la península italiana. El texto que mejor refleja esta nueva situación es el Decamerón de Giovanni Boccaccio (1313-1375). En la obra describe a una serie de jóvenes que se retiran de la ciudad, huyendo de la peste, y se refugian en una finca campestre, en la que hay un jardín, que es descrito de forma pormenorizada. El jardín, aunque tiene algunos elementos medievales, como el hecho de estar cerrado, tener forma geométrica y buscar su relación con el Jardín del Paraíso, posee características propias del jardín renacentista, como puede ser, por ejemplo, la existencia de una gran fuente monumental adornada con esculturas. Como ejemplo del nuevo concepto de jardín, podemos seleccionar el siguiente texto de la obra de Boccaccio: …los condujo a una bellísima y rica villa, que estaba situada un poco en el alto de la llanura, sobre una colina. Y entrando en ella, recorriéndolo todo y habiendo provisto las grandes salas, las limpias y adornadas alcobas con todo lo que éstas requieren, la alabaron muchísimo y consideraron magnífico al dueño de aquello. Luego al sentarse en un porche que dominaba por completo el patio, todo lleno de las flores y los ramajes propios del tiempo… Después de lo cual, haciendo abrir un jardín contiguo a la villa que estaba todo alrededor amurallado, como al entrar todo el conjunto les pareció de maravillosa hermosura, comenzaron a admirar más atentamente sus partes. A su alrededor y por el centro tenía en muchas partes amplísimos senderos, derechos como flechas y cubiertos de pérgolas con parras que tenían aspecto de ir a dar ese año abundantes uvas, y como estaban floreciendo proporcionaban un olor tan intenso por el jardín que, mezclado con el de otras muchas cosas que en él olían, les parecía estar entre todos los árboles aromáticos nacidos en Oriente. Los lados de estos senderos estaban casi cercados de rosales blancos y rojos y de jazmines; por lo cual no sólo por la mañana, sino cuando el sol estaba más alto, por todas partes se podía caminar bajo una fragante y agradable sombra, sin que éste penetrase. Sería largo de contar cuántas y cuáles y cómo estaban distribuidas las plantas que había en este lugar; pero no hay ninguna apreciable que nuestro clima tolere, de la que no hubiese en abundancia. En el centro del cual, lo que no es menos elogiable que otra cosa de allí, había un prado de finísima hierba y tan verde que casi parecía negra, todo esmaltado por más de mil variedades de flores, rodeado por verdísimos y esbeltos naranjos y limeros que, como tenían los frutos pasados y los recientes aún flor, no sólo proporcionaban agradable sombra a los ojos, sino también placer al olfato. En medio de este prado había una fuente de mármol blanquísimo con tallas maravillosas; dentro de ella, de una figura que estaba erguida sobre una columna que tenía en medio, no sé si por una vena natural o artificial, manaba tanta agua y tan alta al cielo, que luego volvía a caer, no sin deleitable sonido, en la fuente clarísima, que habría podido mover un molino. Y luego ésta, la que rebosaba del borde de la fuente, salía fuera del prado por un conducto y, apareciendo de nuevo fuera de éste por canalillos muy bonitos y artificiosamente hechos, lo enmarcaba todo; y luego por canalillos semejantes discurría casi por todo el jardín, recogiéndose por último en una parte donde tenía la salida del hermoso jardín, y descendiendo luego clarísima hacia el llano, antes de llegar a él, con enorme fuerza y no poca utilidad para el señor, movía dos molinos. Contemplar este jardín, su bella distribución, las plantas y la fuente con los arroyuelos que de ella procedían les agradó tanto a cada señora y a los tres jóvenes que todos comenzaron a afirmar que, si el Paraíso pudiese hacerse en la tierra, no sabrían discernir qué otra forma se le podría dar sino la de este jardín, ni pensar, además, qué belleza se le podría añadir. Yendo pues contentísimos por él, trenzándose con distintas ramas de árboles bellísimas guirnaldas, oyendo cantar unas veinte formas de cantos de pájaros que casi competían entre sí, encontraron una deleitable belleza que, sorprendidos por las demás, aún no habían advertido; porque vieron el jardín poblado de unas cien especies de hermosos animales, y mostrándoselo el uno al otro, de una parte salían conejos, de la otra corrían liebres, y allí había cabritillas, y algún cervatillo joven iba pastando, y además de éstos, otras especies más de animales inofensivos, cada uno a su placer, casi domesticados, se iban recreando; y estas cosas, además de los otros placeres, añadieron un placer aún mayor. Las dos tipologías del jardín cristiano medieval están formadas por los jardines construidos dentro y fuera de los castillos y por los jardines situados en el interior de los grandes monasterios. JARDINES DE LOS CASTILLOS Ninguna villa romana sobrevivió a la caída del Imperio Romano a finales del siglo V. En el periodo siguiente las grandes ciudades fueron saqueadas e incendiadas y durante cerca de cinco siglos la mayor parte de la población europea se concentró en torno a las fortalezas de obispos y señores que les ofrecieran esperanzas de defensa. En esa situación no era posible el desarrollo de ciudades, por lo que prácticamente, y salvo algunos pocos restos arqueológicos no hay restos de poblaciones y de viviendas de esa época. La nobleza feudal basaba su poder en la tierra y en la economía agraria, por lo que sus sedes principales eran castillos de su propiedad en el campo, que eran simbólica y funcionalmente centros de poder e influencia. Numerosos castillos pueblan aún hoy día el paisaje europeo, que son testimonios de una época, en la que, a pesar de las guerras, conquistas y disputas, existía una gran unidad cultural. Tras la caída del Imperio Romano, la cultura urbana sufre un proceso de degradación y de retroceso, de manera que los castillos, junto con los monasterios, se convierten en centros culturales y económicos, que con el paso del tiempo se transformaronn en poblaciones. Estos castillos tenían una función principalmente defensiva, como reductos de la civilización y de la cultura en medio de un paisaje peligroso. Solían estar situados en lugares estratégicos, en lo alto de colinas y montañas, que a la vez que facilitaban su defensa permitían la vigilancia de caminos y las comunicaciones fronterizas entre comarcas y regiones. Se ubicaban en zonas costeras, en pasos fronterizos componiendo una línea de defensa. Los territorios conquistados eran ocupados por castillos, que posibilitaban el progresivo control y aumento de los reinos. Estaban ligados a la frontera y al igual que les sucedió a estas líneas fronterizas cambiaron frecuentemente a lo largo de la Edad Media. Por estos motivos Europa está poblada de castillos de distinta época y de los diferentes pueblos y culturas que los construyeron. Se trata de edificios rodeados de grandes murallas, en las que destacaban fuertes torreones verticales, que se convirtieron en los elementos formales más significativos. La torre era la residencia del príncipe gobernador de la fortaleza, desde donde se domina visualmente todo el contorno, y que es a su vez el último reducto de la defensa. Por eso estaban cerrados al exterior con fuertes y altos muros, desde los que se vigilaba a través de las saeteras, los caminos de ronda, las almenas y las garitas. Son edificios en los que predomina lo funcional sobre lo suntuario. Los elementos estructurales de cada época y estilo se muestran de manera visible sobre los muros lisos, que, a diferencia de lo que sucede en la arquitectura religiosa, se muestran lisos, salvo los lugares más nobles, como pueden ser los salones de recepción, que se adornan con escudos, tapices y algunos escasos muebles. El mobiliario decorativo era muy escaso, estaba relacionado con las principales actividades de la nobleza, que era la caza y la guerra, y además no era fijo pues, dada la movilidad de las cortes, debía poder transportarse con esas cortes itinerantes. En el interior de estos castillos destacaban algunos espacios abiertos, tipo plazas, utilizadas como plazas de armas, y los jardines, que conocemos gracias a cuadros, en que aparecen representados como pequeños jardines del paraíso, como jardines amorosos y como jardines de María. Tenían la doble finalidad de espacios lúdicos y prácticos, pues en ellos se plantaban árboles frutales y huertos, destinados al consumo de los habitantes del castillo. En los alrededores fue situándose con el tiempo una población que se utilizaba para el servicio de los señores del castillo, cultivando las tierras anexas y que con el paso del tiempo se convirtieron en verdaderas ciudades. Normalmente primero se construía el castillo, dentro del cual vivían sus habitantes, y con el paso del tiempo, cuando llegaban tiempos de paz, se construía a su alrededor la población. El castillo no quedaba en el interior de la población, sino que para favorecer su defensa siempre quedaba en un extremo, permitiendo la huida de los señores en caso de peligro. Las mejores representaciones de la situación de los terrenos aledaños a los castillos coresponden a las imágenes, que acompañan a un manuscrito medieval, titulado Las Muy Ricas Horas del Duque de Berry, escrito por el calígrafo francés Jean Flamel e iluminado por los hermanos alemanes Limbourg –Jean, Paul y Herman- entre 1413 y 1416. El libro quedó inacabado en esa época, siendo finalizado por el pintor Jean Colombe entre los años 1485 y 1489 . La obra es una de las joyas más preciosas de la biblioteca del palacio de Chantilly. Una de sus secciones corresponde al calendario, que va acompañado de doce cuadros con la representación de los doce meses del año. Algunos de estos cuadros recogen escenas del cultivo de los terrenos situados en los alrededores de diversos castillos franceses, correspondientes a las distintas épocas del año agrícola. En la Edad Media con el triunfo del cristianismo el jardín, que aparece asociado a los castillos feudales y a los monasterios, tiene una fuerte simbología religiosa, relacionándose con el Edén, con el Paraíso Celeste, con Cristo y con la Virgen, y con las virtudes que debe practicar el monje para alcanzar el cielo. De este modo el jardín medieval es un remedo del Edén descrito en el Génesis: con cuatro ríos o canales, árboles que simbolizan el árbol de la vida, y una fuente en el centro, que simboliza a Cristo, al bautismo que distribuye la Iglesia y al vientre de la Virgen. Las representaciones pictóricas medievales muestran jardines ornamentales, herbolarios y de recreo, rodeados por un muro común, pero divididos entre sí mediante pequeños cercados con puertas abiertas. El Jardín amoroso se compone de músicos, cortesanos bailando y damas ricamente vestidas bajo árboles en flor y junto a una fuente, y acompañados de multitud de plantas y de pájaros. En estos jardines no sólo se encuentran los cortesanos, sino también la Sagrada Familia, siendo en este caso una representación de Paraíso. Numerosas obras de arte representan este Jardín del Paraíso, amurallado, con flores, árboles, pájaros, la Virgen con el Niño, y cortesanos. Las plantas y los árboles son alegorías de las virtudes y de la Virgen. En el siglo XV surge el Jardín Amoroso Alegórico, que es una proyección nostálgica del Paraíso Celestial. Una pintura de hacia el año 1500 representa este jardín amoroso, donde aparece Amant, personaje principal y narrador, que encuentra un jardín ante las puertas de la ciudad y sueña con las virtudes y los vicios, que se le aparecen como figuras alegóricas. Amant conoce el jardín como un lugar de espectáculos de danza, pero también como un huerto con plantas medicinales y árboles frutales. La Naturaleza le abre la puerta. Dentro se hallan Venus, Palas y Juno, detrás de la cual se halla Deduit, la Diversión, para quien se creó el jardín. JARDINES DE LOS MONASTERIOS Tras la fundación del primer centro cenobítico por San Pacomio a comienzos del siglo IV, el monasterio empieza a tener su difusión en Occidente con la creación de la orden benedictina por San Benito y su máxima del ora et labora. Con las fundaciones en los siglos X y XI de las órdenes de Cluny y del Cister el sistema monástico adquiere un extraordinario desarrollo, fundándose cientos y cientos de monasterios por toda la Europa cristiana. En estos monasterios el claustro es el centro vital, tanto espacialmente como literaria y simbólicamente. El paraíso del claustro es un lugar cuadrado, un espacio como el atrio que Ezequiel vio en el Templo Celestial, con cien unidades de largo y de ancho, inscrito en el centro de todo. De este modo el claustro se sitúa entre este mundo y el otro. Los árboles y las fuentes son los centros de ese paraíso y tienen interpretaciones simbólicas. El árbol de la vida es el árbol cósmico, cuyas ramas soportan el mundo. Transformado para toda la eternidad en la cruz, es plantado en el Paraíso, florece junto a las aguas. La fuente de la vida surge del vientre de María, del costado de Cristo o de todas las fuentes bautismales de la Iglesia. Estas fuentes que derraman sus aguas en cuatro direcciones se asocian con los cuatro ríos del Paraíso. Aunque las fuentes de los claustros se han asociado con la creación del mundo, con la Iglesia o con la Virgen María, la imagen que la fuente sugiere es la de germinación de la semilla fértil, la agitación de un vientre impregnado por la divinidad. El ejemplo más antiguo que poseemos de un jardín monasterial corresponde a un plano encontrado en la abadía carolingia de San Gall, que está fechado hacia el año 816. El plano, conservado en la actual biblioteca pública del antiguo monasterio, presenta un sector situado tras la Biblioteca con tres tipos de jardines: el herbolarius, el cementerio, y el huerto. El Herbolarius es un jardín medicinal con dieciséis rectángulos divididos por caminos rectos, que separan las plantaciones de los distintos tipos de plantas, que podían tener un uso tanto medicinal, condimentario, como tintóreo. Entre los nombres aparecen la rosa gallica, el lilium, o el gladiolo. Otro sector corresponde al Cementerio, que posee catorce tumbas y un panteón central. En las lápidas de las tumbas aparecen representados catorce árboles frutales acompañados de sus nombres: manzano, peral, ciruelo, serbal, níspero, castaño, higuera, membrillero, melocotonero, avellano, almendro, morera, nogal y laurel. El tercer sector corresponde a la Huerta, que tiene forma rectangular con un gran eje central y ocho transversales, que forman hasta dieciocho parcelas, dedicadas al cultivo de distintas hortalizas como los pepinos, los puerros o los ajos. BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA COMITO, Terry (1978), The idea of the garden in the Renaissance, London, The Harvester Press. El jardín simbólico(1984), texto extraido del Clarkianus XI por Margaret H. Thomson, Barcelona, Ediciones de la Tradición Unánime. BOCCACCIO, Giovanni, Decamerón, Madrid, Cátedra. CAZELLES, Ramond (1964), Les Très Riches Heures du Duc de Berry, Paris, Hazan. PÁEZ DE LA CADENA, Francisco (1998), Historia de los estilos en jardinería, Madrid, Istmo. FARIELLO, Francesco (2000), La arquitectura de los jardines. De la Antigüedad al siglo XX, Madrid, Celeste. KLUCKERT, Ehrenfried (2000), Grandes jardines de Europa, Barcelona, Köneman.